NOTICIAS

Recurrimos al científico, pero nos resistimos a la ciencia

Durante mucho tiempo se creyó que los elementos combustionaban a causa del flogisto, el espíritu inflamable de las cosas; o que los cirujanos, en su condición de caballeros, no necesitaban lavarse las manos para evitar infecciones en sus pacientes. Menos mal que ya no pensamos así… ¿Cierto?
 

“Todo era dudoso; todo parecía inexplicable; todo era incierto, la única realidad incuestionable era el gran número de muertes”. Una frase escrita hace más de 160 años pero que se relaciona de muchas maneras con la realidad que vivimos a raíz de la pandemia.

La primera y más obvia se refiere al legado de su autor, el Dr. Semmelweiz. La cita es parte de la monografía donde relata el camino que le llevó a explicar el alto número de muertes causadas por la fiebre puerperal, pero sobre todo la solución revolucionaria que recomendó. Aunque póstumo, el reconocimiento a Semmelweis fue duradero y aún hoy el lavado de manos es el arma de primera línea contra todas las infecciones, incluyendo por supuesto el COVID19.

Hay una segunda relación, menos obvia que la anterior, pero de implicancias más profundas. La frase de Semmelweiz rezuma la desesperanza propia del científico que ve con desazón como su teoría, basada en datos sólidos y siguiendo un riguroso método científico, es rechazada por sus colegas y la sociedad en general. Pero también describe un aspecto fundamental de la ciencia: la duda metódica y la incertidumbre como hábito.

A oídos contemporáneos, parece tragicómico el rechazo al lavado de manos de los médicos como profilaxis, basado en argumentos tales como que “es sabido que las enfermedades se propagan por el aire malsano” o que es inconducente ya que “por definición un caballero no puede tener las manos sucias”.

Sin embargo, nuestra sabiduría contemporánea tiene pies de barro y se ve expuesta precisamente ahora que, forzados por una pandemia, vemos por primera vez al Ministro de Ciencia en portada y los matinales se llenan de datos y no solo de opiniones. Pero acostumbrada a la satisfacción inmediata de sus necesidades y a las respuestas sencillas, la sociedad no entiende la duda como método y le confunde que se cuestionen teorías que hasta ayer se consideraban verdaderas. “¿Entonces, la cuarentena sirve o no?”.

Más allá de una opinión experta en la pandemia, la ciencia aporta un método que permite, mediante el escrutinio permanente y la discusión metódica de las causas de los fenómenos sociales, diseñar mejores políticas públicas. Al mismo tiempo, a través de la revisión constante de los resultados, logra una ejecución más eficiente de éstas. Nuestro reto actual es que la ciencia permee y encuentre un lugar permanente y que la sonrisa condescendiente de la sociedad futura se dedique a una época en que las decisiones públicas se tomaban sin rigor científico alguno.

En tiempos de incertidumbre buscamos respuestas inmediatas, infalibles e inmutables; recurrimos al científico como una figura de autoridad casi paterna, pero nos resistimos a la ciencia. Rechazamos a Semmelweiz una vez más.

 

Javier Ramírez
Director Ejecutivo
Know Hub Chile